Quizás hoy me he sentido la persona más afortunada del mundo, simplemente al recibir una sonrisa de agradecimiento como jamás nadie me había dado.
Dejadme poneros en antecedentes.
La semana pasada una mujer vino al teatro. De casualidad yo me encontraba en el vestíbulo. Se me acercó y me preguntó si aun ofrecíamos tickets gratuitos para los sin techo como hicimos una vez.
De repente al verla, se me rompió el corazón. Le pedí que me esperase fuera y salí. Evitando echarme a llorar, le dije que viniese hoy.
Ninguno de vosotros llegaría a imaginar jamás, como le cambió la faz. Se llevó a la boca sus manos (sucias, muy sucias), y empezó a llorar.
Vestía de negro, y solo llevaba una bolsa con ella. Parecía tener no más de sesenta y cinco años, aunque probablemente fuera mucho más joven.
Pues bien, hoy fue ese día. Llegó y de nuevo la casualidad hizo que nos encontrásemos en el vestíbulo, me esperó fuera…. le conseguí la entrada y salí.
Me la encontré en la acera, tímida e inhibida. Seguía sin creerse que esta noche iba a ver a sus cantantes más amados….Frank, Dean y Sammy.
Ella no me veía, estaba como ausente, así que me detuve unos instantes a observarla. Con su inseparable bolsa y probablemente la única que tenia, vestía pantalones negros, medias color carne, unos zapatitos y una americana negra.
Se había vestido para ir al teatro. Los zapatos sin suela, las medias rotas y varias manchas en la chaqueta.
Volvió a echarse las manos a la cara para evitar llorar y soltó una especie de gruñido al ver ese trocito de papel que le ofrecía dos horas de ensueño para ella.
La acompañé a platea y por primera vez sentí que alguien merecía de esa atención que solo suelen recibir los que se hacen llamar VIP. Por primera vez mereció ese trato de verdad.
La alojé en su butaca, le deseé un feliz show y le regalé un programa.Volví a verla en el intervalo. Sonreía como nunca. Le ofrecí un helado y lo aceptó.
Me dijo que estaba pasando la mejor noche de su vida. Y eso a mí me basta.
Yo de repente me sentí pequeño. Muy pequeño. Y jamás imagine que el poder del que dispongo me permitiera hacer sonreír de ese modo a alguien.
Me escribió una carta al acabar la obra. Muero por leerla.
Mi poder: ser capaz de regalar una entrada, un programa y un helado.
Por lo pronto, ella se llevó mi corazón.